viernes, 28 de septiembre de 2012

POESIAS DE MARIPOSAS





Siempre daré un espacio muy especial a las mariposas, su  esencia es tan elegante, pausada y espectacularmente visual, que albergarles  en este sitio en donde las poesías modernistas son celebradas, es un placer. 

Placer  que me da la oportunidad de leer y releerles,   con la dulce caricia de la música de Enio  Moriccone,  una rama ideal en su andar que las suspende amablemente.

 La  virtud de estas preciosas y diminutas almas vivas, son el espectáculo de sus colores,  la magia visual de su vuelo,  casi musical...como pequeños abanicos portando lienzos de arte , revoloteando en el aire, su gracia nos alegra y hace suspirar nuestras pupilas ;  dan sabores de colores a nuestro aliento;  nos otorgan  una suave brisa  de versos rítmicos, sinestésicos y de cromático espectáculo.

   Serán celebradas,  con letras de artistas,  que con su pluma desplegarán  colores musicales de sus labios,  imprimirán  los perfumes de  la poesía modernista, que con su amable paso,  nos regala un suspiro, una sonrisa franca, como la bonita esencia de las preciosas mariposas...

A continuación una poesía de Manuel Gutiérrez Nájera,  de México,   (1859-1895). Iniciador del modernismo en México, periodista y poeta.  Imprimía una multidimensional y versátil variedad de escritos y las firmaba con una multidiversidad de seudónimos.  Su personalidad tenía impregnando el  gusto clásico, afrancesado y libre, como esa vibra artística y cultural que se respiraba en el aire entre 1870 y 1920,  época en donde fluyó el Modernismo. 






MARIPOSAS


Ora blancas cual copos de nieve,
ora negras, azules o rojas,
en miríadas esmaltan el aire
y en los pétalos frescos retozan.
Leves saltan del cáliz abierto,
como prófugas almas de rosas
y con gracia gentil se columpian
en sus verdes hamacas de hojas.
Una chispa de luz les da vida
y una gota al caer las ahoga;
aparecen al claro del día,
y ya muertas las halla la sombra.

¿Quién conoce sus nidos ocultos?
¿En qué sitio de noche reposan?
¡Las coquetas no tienen morada!...
¡Las volubles no tienen alcoba!...
Nacen, aman, y brillan y mueren,
En el aire, al morir se transforman,
y se van sin dejarnos su huella,
cual de tenue llovizna las gotas.
Tal vez unas en flores se truecan,
y llamadas al cielo las otras,
con millones de alitas compactas
el arco iris espléndido forman.
Vagabundas, ¿en dónde está el nido?
Sulanita, ¿qué harén te aprisiona?
¿A qué amante prefieres, coqueta?
¿En qué tumbas dormís, mariposas?

¡Así vuelan y pasan y expiran
las quimeras de amor y de gloria,
esas alas brillantes del alma,
ora blancas, azules o rojas!
¿Quién conoce en qué sitio os perdisteis,
ilusiones que sois mariposas?
¡Cuán ligero voló vuestro enjambre
al caer en el alma la sombra!
Tú, la blanca, ¿por qué ya no vienes?
¿No eres fresco azahar de mi novia?
te formé con un grumo del cirio
que de niño llevé a la parroquia;
eres casta, creyente, sencilla,
y al posarte temblando en mi boca
murmurabas, heraldo de goces,
"¡Ya está cerca tu noche de bodas!"

¡Ya no viene la blanca la buena!
¡Ya no viene tampoco la roja,
la que en sangre teñí, beso vivo,
al morder unos labios de rosa!
Ni la azul que me dijo: ¡poeta!
¡Ni la de oro, promesa de gloria!
¡Es de noche... ya no hay mariposas!
¡Ha caído la tarde en el alma!
Encended ese cirio amarillo...
¡Las que tienen las alas muy negras
Ya vendrán en tumulto las otras,
y se acercan en fúnebre ronda!
¡Compañeras, la pieza está sola!
Si por mi alma os habéis enlutado,
¡Venid pronto, venid mariposas!

Manuel Gutiérrez Nájera

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Rubén Darío veía en la mariposa,  el alma, símbolo del poeta, (Psiquis aparece representado como una mariposa). Este símbolo se representa en su metamorfosis,  en la transición de la vida a la muerte, como el alma del cuerpo; así como la esencia bella del ser, esa la mariposa,  que esta atrapada en la atormentada existencia cotidiana, lo más bello del ser humano que quiere salir y Darío le visualiza como una mariposa... 




Divina Psiquis






¡Divina Psiquis, dulce Mariposa invisible
que desde los abismos has venido a ser todo
lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible
forma la chispa sacra de la estatua de lodo!
 
Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra
y prisionera vives en mí de extraño dueño:
te reducen a esclava mis sentidos en guerra
y apenas vagas libre por el jardín del sueño.
 
Sabia de la Lujuria que sabe antiguas ciencias,
te sacudes a veces entre imposibles muros,
y más allá de todas las vulgares conciencias
exploras los recodos más terribles y oscuros.
 
Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres
bajo la viña donde nace el vino del Diablo.
Te posas en los senos, te posas en los vientres
que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo.
 
A Juan virgen y a Pablo militar y violento,
A Juan que nunca supo del supremo contacto;
a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento,
y a Juan ante quien Hugo se queda estupefacto.
 
Entre la catedral y las ruinas paganas
vuelas, ¡oh, Psiquis, oh, alma mía!
-como decía
aquel celeste Edgardo
que entró en el paraíso entre un son de campanas
y un perfume de nardo-,
entre la catedral
y las paganas ruinas
repartes tus dos alas de cristal,
tus dos alas divinas.
Y de la flor
que el ruiseñor
canta en su griego antiguo, de la rosa,
vuelas, ¡oh, Mariposa!,
¡a posarte en un clavo de Nuestro Señor!


Rubén Darío 
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La siguiente poesía de la hermosa y sensible percepción del poeta chileno Pablo Neruda. La analogía del otoño, la fragilidad de la vida, de las cosas bellas, de la vida misma, se aparece frágil, hermosa como la vida y se va en un instante, revoloteando. El escenario de colores, las sensaciones y color del sol, de la boca de una mujer, todas ellas sensaciones cálidas humanas, acompañadas de versos musicales y un fondo profundo, frágil y complejo. Una caricia para el alma. Gracias, gracias,  Pablo Neruda, por compartirnos tu hermosa sensibilidad.
 
 



 
 
MARIPOSAS DE OTOÑO
 
 
LA mariposa volotea
y arde —con el sol— a veces.

Mancha volante y llamarada,
ahora se queda parada
sobre una hoja que la mece.

Me decían: —No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.

Yo tampoco decía nada.
Y pasó el tiempo de las mieses.

Hoy una mano de congoja
llena de otoño el horizonte.
Y hasta de mi alma caen hojas.

Me decían: —No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.

Era la hora de las espigas.
El sol, ahora,
convalece.

Todo se va en la vida, amigos.
Se va o perece.

Se va la mano que te induce.
Se va o perece.

Se va la rosa que desates.
También la boca que te bese.

El agua, la sombra y el vaso.
Se va o perece.

Pasó la hora de las espigas.
El sol, ahora, convalece.

Su lengua tibia me rodea.
También me dice: —Te parece.

La mariposa volotea,
revolotea,
y desaparece.
 

Pablo Neruda

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